Qué lindo es estar de vacaciones aunque te quedes en tu propia ciudad.
Caminar sin rumbo y sin tiempo, detenerse a observar, a escuchar todo eso que habitualmente no hago porque tengo la cabeza en un millón de cosas y problemas que no son tan importantes y que me distraen de lo verdadero.
Hoy estuve en la city y me sentí casi un fantasma.
Gente por todos lados como si fueran hormigas, motos, autos, bicicletas.... todos apurados, todos haciendo ruido, nadie mira a alguien, nadie se detiene.
Y yo ahí en medio de todo pero sin ser vista.
Vi hombres muy bien vestidos y con cara de preocupación, mujeres apuradas caminando de un lado a otro con papeles y celulares en el oído.
Los peatones que no respetan las señales de tránsito y los automóviles que no respetan ni lo uno ni lo otro. Es como que a nadie le importa nada. De algún modo me vi reflejada en ellos, porque hoy soy observadora pero dentro de unos días yo también estaré en ese trajín.
Pero me he prometido no hacerlo.
Salí casi corriendo de ese lugar y me interné en otro mundo: Puerto Madero.
Una realidad casi ficticia, me sentí como muñequito de maqueta; si, de esos que ponen los arquitectos en sus proyectos jajaja.
Y me parece que eso es lo que se siente cuando se está en ese lugar.
Edificios altos, lujosos y modernos, inteligentes como los llaman hoy.
Mujeres super producidas, altos caros de alta gama, restaurantes y cafeterías elegantes y muchos pero muchos turistas.
Es un lindo lugar para pasear, se ven los barquitos del yacht, ver a algunas personas que su buena vida les permite estar remando por el canal a las 14hs. sin problemas de traje o stilettos.
Comí rico, bebí rico y mi plan nutricional se fue al demonio (bah, ya se fue al demonio desde el último fin de semana).
Mis horas pasaron despacio, tranquilas.... Saboree cada minuto y agradecí de tener la oportunidad de estar viviendolo.
Y si.... la felicidad viene en envase pequeño.

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